Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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--Era yo quien iba a fusilaros, --replicó D'Artagnan, --y si el gobernador no he hecho blanco, lo hubie-
ra hecho yo, amigos míos. Es una suerte que yo haya tomado la costumbre de apuntar con toda clama, en
vez de hacerlo instintivamente. Al apuntaros me ha parecido conoceros, y ¡qué dicha, amigos míos!
--¡Cómo! --exclamó el conde, --¿el que ha disparado contra nosotros es el gobernador de la fortaleza?
--En persona.
--¿Por qué ha disparado? ¿Qué le hemos hecho?
--¡Voto al diablo! Habéis recogido lo que os ha tirado el preso.
--Es verdad.
--El preso ha escrito algo en la fuente, ¿no es cierto?
--Sí.
--Me lo temí. --repuso D'Artagnan dando muestras de la mayor inquietud y apoderándose de la fuente
para leer lo que en ella había escrito; y, palideciendo lanzó una exclamación de angustia y añadió: --
¡Silencio! Aquí está el gobernador.
--¿Qué va a hacernos? --repuso Bragelonne.
--Callaos, por Dios, --dijo D'Artagnan. --Si sospechan que sabéis leer, habéis comprendido, por más
que yo os quiera con toda mi alma y me haga matar por vosotros...
--¿Qué? --preguntaron a una Athos y Raúl.
--No os salvaré de un encierro perpetuo por mucho que logre salvaros de la muerte. Repito, pues, ¡silen-
cio!
El gobernador atravesó el foso por medio de un puentecillo de tablas, y preguntó a D'Artagnan:
--¿Qué os detiene?
--Sois españoles y no comprendéis pizca de francés, --dijo el gascón en voz baja a sus amigos. Y vol-
viéndose hacia el gobernador, añadió en voz alta: --¿No os lo dije? Estos caballeros son dos capitanes es-
pañoles a quienes conocí en Ipres el año pasado... No entienden el francés.
--¡Ah! --repuso con atención el gobernador e intentando leer los caracteres de la fuente de plata. Y al
ver que D'Artagnan se la quitaba para borrarlos con la punto de su espada, exclamó: -- ¿Qué hacéis?
¿Conque yo no puedo leer?...
--Es un secreto de Estado, --dijo el mosquetero; --y como sabéis que por orden del rey está condenado
a muerte el que lo sepa, no hallo reparo en que leáis lo que dice la bandeja, pero inmediatamente después os
hago fusilar.
Mientras D'Artagnan profería, entre formal e irónico, aquel apóstrofe, Athos y Raúl guardaban el más
impasible silencio.
--Es imposible que esos caballeros no comprendan a lo menos algunas palabras --repuso el gobernador.
--¡Bah! Aunque comprendiesen lo que uno habla, no leerían ningún escrito, ni siquiera en castellano. Un
noble español no debe saber leer.
--Invitad a esos caballeros a que vengan al fuerte, --dijo el gobernador, que si bien tuvo que contentarse
con las explicaciones del gascón, era tenaz.
--Muy bien; yo mismo iba a proponéroslo, --replicó D'Artagnan. Lo cierto es que el capitán de mosqueteros hubiera querido ver a sus amigos a cien leguas de distancia.
Así, pues, se volvió hacia los dos hidalgos, y en castellano les invitó al entrar en la fortaleza.

PRISIONERO Y CARCELEROS

Una vez en el fuerte, y mientras el gobernador hacía algunos preparativos para recibir a sus huéspedes:
--Vamos, --dijo Athos, --explicaos ahora que estamos solos.
--Es muy sencillo, --respondió el mosquetero. --He conducido aquí un preso a quien por orden del rey
nadie puede ver. Al llegar vosotros, el preso os ha arrojado algo al través de los barrotes de su ventana, algo
que yo he visto caer mientras estaba comiendo con el gobernador, y que Raúl ha recogido. Y como no ne-
cesito mucho tiempo para comprender, he comprendido que estabais en inteligencia con el preso. Enton-
ces...
--Habéis ordenado que nos fusilaran, --interrumpió Athos.
--Lo confieso; pero si he sido yo quien primero he empuñado un mosquete, por fortuna he sido el último
en apuntaros.
--Si me hubierais matado, hubiera tenido el honor de morir por la casa real de Francia; y es honra insig-
ne morir por vuestra mano, siendo, como sois, su más leal y noble defensor.
--¿Qué diablos estáis diciendo de la casa real? --repuso D'Artagnan. --¡Qué! un hombre como vos, dis-
creto y avisado, ¿da crédito al las locuras que escribe un insensato?
--Sí.
--Y con mayor razón, mi querido caballero, --dijo Raúl, -- cuando tenéis orden de matar a quien las
crea.
--Porque cuanto más absurda es una calumnia, --replicó el gascón, --más probabilidades tiene de popu-
larizarse.
--No. D'Artagnan, --repuso en voz baja Athos, --sino porque el rey no quiere que el secreto de su fami-


 

 
 

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